¿Cuántas vidas cuesta seguir diciendo que no a la doble vía Freire Villarrica?

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Son cientos los comentarios de personas que se oponen a la doble vía, pero los datos son claros: este tipo de carreteras reduce significativamente la tasa de muertes, al separar los carriles e impedir las colisiones frontales, que son las más letales. Nadie ha dicho que los accidentes desaparecerán, pero la diferencia es crucial: si una tragedia afecta a tu familia, las probabilidades de sobrevivir en una vía segregada son mucho mayores que en un choque frontal.

Durante años, la ruta Villarrica–Freire, tramo de la Ruta 199-CH, ha sido escenario de una seguidilla constante de accidentes de tránsito, muchos de ellos con consecuencias fatales. No se trata de percepciones ni exageraciones mediáticas. Los datos oficiales de CONASET, Carabineros de Chile y organismos públicos confirman que esta vía se ha transformado en una de las más peligrosas de la Región de La Araucanía, ganándose incluso el apelativo de “la ruta de la muerte”.

En los últimos diez años, esta carretera ha registrado más de 1.300 accidentes de tránsito, con un promedio superior a 120 siniestros anuales. Los años 2018 y 2019 marcaron peaks históricos con más de 180 accidentes por año, mientras que 2023 cerró con cifras especialmente alarmantes, alcanzando 16 personas fallecidas, muy por sobre el promedio histórico.

Entre 2015 y 2021, al menos 34 personas perdieron la vida en esta ruta. Solo en 2022 se contabilizaron 10 fallecidos y más de 200 personas lesionadas, de las cuales 41 resultaron con lesiones graves. En 2023, la cifra de muertes volvió a dispararse, consolidando a este tramo como uno de los más letales del sur de Chile.

Las estadísticas revelan un patrón claro: colisiones frontales, volcamientos y choques de alta energía, típicos de rutas bidireccionales con alto flujo vehicular. No es casualidad. En esta vía circulan a diario miles de personas y, al tratarse de una zona turística, existe una alta presencia de conductores que no conocen la ruta, sus curvas, pendientes ni puntos críticos, lo que incrementa el riesgo de accidentes graves.

Pese a esta realidad, cada vez que el debate se reactiva, la discusión suele desviarse hacia un solo punto: el costo de una eventual doble vía y el eventual pago por uso bajo el modelo de concesión, hoy conocido como “Ruta Intervial”. El foco se pone en el bolsillo, pero rara vez en las cifras de muertes.

Lo que los datos muestran con claridad es que la infraestructura actual no está a la altura del tránsito que soporta. En rutas de este tipo, la mayoría de los accidentes fatales corresponden a choques frontales, el tipo de colisión más violento y mortal. Una doble vía, al separar físicamente los sentidos de circulación, reduce de manera drástica este tipo de accidentes, aunque no elimine completamente la imprudencia humana.

Porque ese es otro punto que suele omitirse: no todas las víctimas fueron imprudentes. En muchos siniestros hay personas completamente inocentes que mueren o quedan con secuelas permanentes producto de la conducta irresponsable de terceros, amplificada por una vía que no perdona errores mínimos.

Desde el punto de vista técnico, una doble vía no es solo más asfalto. Implica obras de mitigación, accesos regulados, mejor señalización, bermas de seguridad, pasos desnivelados y, en este caso específico, la incorporación de un tercer puente, infraestructura largamente demandada para mejorar la conectividad y reducir cuellos de botella históricos.

El propio Ministerio de Obras Públicas ha reconocido la gravedad de la situación, ingresando el proyecto de Doble Vía Freire–Villarrica–Pucón al sistema de concesiones, con miras a su licitación. Alcaldes de la zona han sido categóricos en sus declaraciones: la ruta actual no da para más.

La forma en que se lleve adelante este proyecto debe ser estudiada con seriedad y participación, considerando el impacto social, económico y territorial. Entendemos que muchas personas reaccionan de manera impetuosa, incluso con descalificaciones, ante cualquier intento de abrir este debate. Hemos visto cómo se tilda de “vendidos” a quienes se atreven a plantear una necesidad que es evidente y urgente: una doble vía más segura.

Es momento de mirar más allá de la consigna fácil o de lo que está de moda en redes sociales. Nadie está obligando a nadie: quienes no quieran pagar un eventual peaje podrán desplazarse por vías alternativas, como ocurre en muchas otras zonas del país.

La pregunta de fondo, entonces, no es si el proyecto tendrá costo. Toda infraestructura lo tiene. La verdadera pregunta es cuánto cuesta seguir postergándolo. Cuántos accidentes más, cuántos lesionados graves, cuántas muertes evitables se necesitan para asumir que esta discusión ya no es ideológica ni económica, sino estrictamente humana.

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